El hombre música
Erase una vez un hombre formado de música. Corcheas, fusas y semifusas se entrelazaban para crear sus manos, pies, cara y todo su cuerpo. El aire le atravesaba y de él salían hileras de notas que flotaban en el ambiente como el aroma de las flores en primavera.
Los días de sol su música era alegre, como trinos de pájaros y cantos de arroyos que hacen cosquillas cuando te tocan. Pero los días grises, su música era triste como brisas serenas y suaves que dan escalofríos al rozarte.
El hombre música vivía en una gran ciudad ruidosa, en ella se escuchaba los pitidos impacientes de los coches, el rugido del camión de la limpieza que circulaba barriendo o el golpeteo de los martillos mecánicos abriendo agujeros en el suelo.
Cada día él andaba por las calles regalando su música, igual que el sol irradia con sus rayos en verano, sin embargo, a cada paso las notas eran atrapadas por los ruidos y la melodía, cortada en pedacitos y salpicada por mugre de la contaminación, terminaba cayendo al suelo donde era pisoteada por todo aquel que pasaba.
La gente de la ciudad se burlaba de él, ellos no veían más que una maraña de garabatos sin sentido, y cuando se les acercaba se reían, sin llegar a percibir ni siquiera una nota.
Tan solo, había una anciana a la que le gustaba escucharlo y todos los días se encontraban en el parque a la misma hora. Él hacía escapar sus notas para ella y ella se dejaba envolver en sus aromas musicales y soñaba con mundos fantásticos, paisajes de ensueño, mares lejanos, puestas de sol… Esos momentos para ella eran como volver a ser joven y cada día esperaba impaciente encontrarse con su hombre música.
Pero un día la anciana no acudió, el hombre música la esperó, y volvió al día siguiente y la esperó, y al siguiente y la esperó, y muchos días más. El hombre música estaba cada vez más triste sin la anciana, porque ya no había nadie que apreciara su arte. Sus melodías eran cada vez más melancólicas y pesaban tanto que casi no podía arrastrarlas al parque donde iba a esperarla. Hasta que un día comprendió que ella no volvería y decidió marcharse.
Por primera vez en su vida, dejó la cuidad y descubrió el campo, sus ojos se inundaron de colores y sus oídos de nuevos sonidos. Los pájaros cantaban junto él trenzando melodías interminables y los árboles les acompañaban agitados por el viento regando la hierba con cadencias frescas de corcheas.
Que mundo más maravilloso, le hubiese gustado conocerlo antes y fue caminando y caminando sin darse apenas cuenta. Hasta que a lo lejos vio un pequeño pueblo, en la entrada se leía: “Bienvenido a San Serenín”. El hombre música entró en el pueblo y sus notas que llamaron la atención de todos los habitantes, de forma que fueron saliendo de sus casas y concentrándose alrededor.
Todos estaban maravillados, con los ojos muy abiertos, las miradas muy atentas, ni un ruido, ni un parpadeo hubo mientras él hacía sonar su música. Adagios, alegros, odas de colores azules, verdes, rojos, embelesaron a todos. Cuando terminó el pueblo entero estalló en aplausos. El hombre música saludó emocionado, nunca se había sentido tan apreciado y de sus ojos se derramaron dos notas redondas que rodaron por sus mejillas.
Entre todos lo subieron a hombros, lo llevaron al ayuntamiento y allí lo nombraron hijo adoptivo predilecto. Desde entonces el hombre música es feliz tocando para los habitantes de San Serenín, que ya no se llama San Serenín, sino San Serenín de la Música.
Y también la anciana lo escucha todos los días desde el cielo, donde además ya es otra vez joven.
Pilar Montes Luna





